Flavio Masitas Entre Cyberia y los Mares del Sur 7
Inteligencia humana…inteligencia artificial…vida y la búsqueda de la esencia del ser, del existir. Entre el fruto divino y la imaginación.
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Quizás los robots tienen su origen en la religión. En cierta forma dios, indirectamente los creo. Hay quien dice que los antiguos sacerdotes griegos los inventaron con el fin de que él se comunicara con sus hijos. Aunque otros dicen que fueron los egipcios también con estatuas religiosas y que también trataban de expresarse (posiblemente artilugios ocultos lograban el inclinar de cabezas y cuerpos, los trucos de los griegos eran más bien de tipo sonoro). En todo caso los rabinos judíos durante la edad media se acercaron mucho al propagar la historia del Golem, ese ser hecho de barro que cobra vida gracias a la palabra y que de toda la antiguedad es lo más cercano a un androide. Sin embargo, fue el inventor Wolfgang von Kempelen quien a fines del 1700 traspasó las barreras de la fantasía al crear “el turco”, un autómata que convenció a muchos, incluido Napoleón I, que existía una máquina capaz de jugar al ajedrez (da la casualidad que dos de los grandes ajedrecistas de la época, Johann Allgaier y William Lewis, eran cortos de estatura y es probable que se hubieran prestado a participar del truco; he allí el secreto). Si bien muchos lo conocemos por esa máquina, también existe otro invento suyo que nos debería interesar: un ingenio que “hablaba” y que posteriormente ayudó al desarrollo del teléfono haciéndolo además precursor de la síntesis de voz.
Y es que aunque “El turco” nos lo hace aparecer como un hombre de números de feria, Von Kempelen ante todo era un inventor y hombre de ciencia. Lo cierto es que durante su vida contribuyó mucho a los campos de la mecánica, hidraúlica, arquitectura, ingeniería e historia natural. Perfeccionó un método de impresión de lecturas para ciegos y diseñó el sistema hidraúlico que operaba la fuente de Schonbrunn así como un sistema de canales para enlazar Budapest con el mar adriático. Pero a pesar de todo eso, lo que mas recordamos de Von Kempelen es “El turco” el cual ha inspirado a todo tipo de gente y en muchas formas. Poe teorizó en un ensayo sobre la posibilidad de fraude y con ello dio origen a las historias de detectives. Robert Houdin-el mago que inspiro a Houdini- repasó en su autobiografía no sólo su lógica sino el efecto que causó en el público esta máquina. El matemático Charles Babbage jugó dos veces con ella y proyectó todo su entusiasmo y talento en una frustrante e inacabada máquina de cálculo, primer ordenador de la historia siendo sus programas elaborados por Ada Lovelace, hija de Lord Byron quien a su vez había sido amigo de Mary Shelley la creadora de Frankestein, el prometeo moderno. Pero esto no acaba ahí. Aparecieron múltiples historias orales y pamplefos a raíz de los interminables viajes que hizo este autómata y su creador-incluyendo aquellos que hizo incluso luego de la muerte de Von Kempelen- y claro, surgió una película: The Chess Player del año 1938 protagonizada por Conrad Veidt, un hombre que interpretaría tres años después al Mayor Strasser antagonista de Rick Blaine (Bogart) en Casablanca(A todo esto, Humprey Bogart era un gran aficionado al ajedrez,
afición que lo alejó de la escuela de medicina y que le dio de comer en sus inicios como actor. Así que es lógico entender que todas las partidas y el personaje afecto al ajedrez y el alcohol en Casablancafueran idea suya). Y a pesar de todo el tiempo pasado y de que se quemó en 1857 en Filadelfia, “el turco” no es un tema agotado. De tanto en tanto hace su aparición, como cuando era llevado de corte en corte por Von Kempelen. Prueba de ello es un libro titulado The Turk, escrito por Tom Standage (quien años atrás escribiera La Internet victoriana) publicado en el 2002 y que puso nuevamente en boca de los medios la historia de este autómata y su creador haciendo además algunas referencias a los actuales estudios en inteligencia artificial. Pero ¿Por qué tanta atención? ¿Por qué una simple caja de madera con un maniquí disfrazado nos inquieta tanto? Quizás la razón se encuentra en que nos embriaga la idea de que una máquina pueda pensar como un humano (en mi caso no ha dejado de llamarme la atención desde que leí a los 10 años su historia en el capítulo “El secreto de la máquina de jugar al ajedrez “ en Álgebra Recreativa de Yakov Perelman).
Un film más actual que el protagonizado por Veidt nos motiva a pensar nuevamente en el tema de las máquinas pensantes. En pocos días se estrena Yo robot. Alex Proyas, su director ha adaptado el clásico libro de Isaac Asimov y ha sabido crear espectativa al presentar incluso la página web de USR, empresa que “ha creado” los asistentes domésticos NS-5, que en teoría ya se encuentran en el mercado. Allí podemos configurar nuestro modelo, ver sus características y enterarnos de que pronto la relación de humanos y robots será de 4 a 1. También conoceremos algo de sus poderosos cerebros positrónicos y de todo lo cómoda que pueden hacer nuestra vida estos asistentes personales. Desde ayudarnos con nuestros estados financieros hasta hacer la colada de la ropa. Como vemos, nuestra fascinación por las máquinas y la posibilidad de inteligencia artificial es previa incluso a la fiebre desatada por la revolución industrial. Es más algunos apuntan a que los autómatas y en especial “El turco” prendieron la mecha para el despegue de esta revolución al despertar la admiración en el público y las ganas de replicar la experiencia en los inventores. Pero lo que más nos ha hecho sentir atraídos por las máquinas es el pensar que puedan realizar acciones de tipo intelectual, es decir, ser como nosotros. Por ese motivo cuando en 1997 Garry Kasparov se enfrentó a “Deep Blue” toda la atención del mundo estaba fija en la posibilidad de que una máquina pudiera ganar a un ser humano en una actividad que practicamente era definitoria de la condición intelectual del hombre: jugar al ajedrez. Por aquel entonces abundaron debates, ensayos y artículos (incluso yo escribí uno para un diario que era una rareza ya que solo cubría noticias del sector informático. Mi voto era para “Deep Blue”). Para mi uno de los más destacados fue escrito por William H. Calvin, un ensayo titulado The chess mentallity. Calvin es neurofisiólogo de la Universidad de Washington, autor de How Brains Think: Evolving Intelligence, Then and Now entre otros libros y uno de los abanderados del “Darwinismo neuronal” que tiene dos acepciones. La primera, que la conciencia puede ser explicada por la selección darwiniana y la evolución de los estados neuronales. La segunda, que lo describe como un proceso de neurodesarrollo donde las sinapsis que son más usadas se mantienen mientras que las conexiones menos usadas son destruidas o separadas del camino neuronal. A partir de previos trabajos de investigación propone que desde la infancia vamos desarrollando líneas de conducta, imaginamos sus efectos en otros y en base a aquello decidimos actuar o no. Para él esta es la mentalidad que el ajedrez muy bien ilustra. Un tipo de mentalidad sin la cual, como dice, la humanidad no sería humana. Algunos años antes, en 1987, Calvin había trazado en un artículo de “Nature” los paralelismos entre los “ordenadores paralelos” y el pensamiento humano el cual es más producto de una “máquina darwiniana” de un Homo Seriatum que de un Homo Sapiens en alusión a su idea de las acciones y pensamientos encadenados y como vamos seleccionando unos y no otros. Y es que los nuevos darwinianos nos han ido preparando para lo que hoy sólo nos toca ver. Llegará el momento en el cual los ordenadores puedan equipararse a las funciones del pensamiento humano. Incluso en actividades tan propias como la creatividad.
Casi por la misma época que nacía Calvin (1939) otro Calvin llegaba al mundo y su influencia en el mundo del pensamiento de la robótica es fundamental. Susan Calvin nacida en 1982, graduada de Columbia en el 2003 y directora en USR del departamento de robosicología siendo además fundadora de esta nueva ciencia dedicada al estudio de las personalidades de las máquinas con inteligencia artificial y que es el producto de la mezcla de un detallado análisis matemático y de la vieja psicología aplicado a los robots. Parte de esto es lo que me dice Wikipedia, la enciclopedia gratuita en Internet que no es sino el equivalente a la Enclicopedia Telúrica y parte es lo que he leído en Yo robot libro de Asimov que empieza a gestarse con Robbie (1939) la primera historia de robots que escapa al clásico cuento del doctor desquiciado y de autómatas desbocados y que junto a otras historias enlazadas componen el clásico libro. El que Susan Calvin sea un personaje literario no la exime de sus aportes hechos al campo del estudio del comportamiento de los robots. Es a ella y a Asimov, que también era un hombre de ciencia, que les debemos las tres leyes de la robótica: 1. Un robot no puede hacerle daño a un ser humano, ni puede por medio de no hacer nada, permitir que un ser humano se haga daño. 2. Un robot debe obedecer las ordenes dadas por los seres humanos siempre y cuando tales ordenes no contradigan la Primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia siempre y cuando dicha protección no interfiera con la Primera o Segunda Ley.
Una simbiosis de lo que es la comprensión del pensamiento humano y lo que podrá ser el futuro pensamiento de los robots podría ocurrir pronto en Japón. Allí el “Computational Neuroscience Laboratories” del “Advanced Telecommunications Research Institute International” está tratando de conseguir fondos para lo que se ha denominado el “Proyecto Atom” que consiste en construir un robot humanoide que tenga las misma habilidades físicas, intelectuales y emocionales de un niño de cinco años. El proyecto que toma su nombre de “Tetsuwan Atom”, un anime japonés conocido en otros lados como Astroboy, requerirá una inversión anual de 500 millones de dólares durante 30 años. La intención es crear una relación entre el mundo académico y la empresa con el fin de que este programa produzca toda una serie de innovaciones como las que dio a lugar el programa Apollo en Estados Unidos durante los años sesenta. Por lo tanto es probable que el verdadero momento de encuentro de la inteligencia humana con la inteligencia artificial lo veamos más allá de esos 30 años que proponen en Japón, un día en que los robots se hallen inmersos en el mundo en el que vivimos ya que ahora sólo estamos creando cerebros poderosos sin capacidad de percepción o interacción social y con el entorno y a la vez máquinas que aprenden a moverse con cierta individualidad pero sin capacidad de análisis. Llegado ese día y salvo que en su sistema de instrucciones de pensamiento les neguemos esta posibilidad, ¿Crearán los robots otros robots? ¿Tendrán una religión? ¿Tendrán como nosotros que reinventar sus sistemas de creencias, su concepto de alma como William Calvin dice que estamos haciendo nosotros a medida de que vamos descubriendo más cosas sobre el origen y funcionamiento del pensamiento? Quizás las leyes de la robótica esbozadas por Asimov son muy simples para explicar toda la complejidad existencial que se plantearan aquellas máquinas que posean inteligencia artificial. ¿Donde estará dios en ese momento? ¿Seguiremos creyendo aún en aquel que se comunicaba con nosotros hace miles de años mediante estatuas que hablaban o movían sus extremidades? ¿Se ocultará el dios humano de su hijo mecánico como se escapa la comprensión de dios y la razón de la existencia a nuestras mentes? o les incorporaremos una lógica según la cual simplemente se sientan parte de una evolución en la que nosotros les transmitimos nuestros avances.
Voy acabar de la misma forma en la que atacaba ese artículo que escribí hace algunos años a propósito del enfrentamiento de “Deep Blue” y “Kasparov”. Que importa si un ordenador puede jugar al ajedrez; al fin y al cabo sólo se trata de potencia de cálculo. Recuerdo que por aquel entonces IBM promocionaba a “Deep Blue” como el RS/6000 un ordenador de procesamiento paralelo capaz en el “mundo real” de pronosticar el tiempo, modelar información financiera, diseñar autos así como desarrollar innovadoras terapias en base a medicamentos. Por mi parte ya estoy resignado a que ordenadores menos potentes sean más hábiles que yo en cosas tan simples como jugar a “Otelo” o el “Tic tac toe”. Pero además los envidio, hasta cierto punto, de que aún no hayan llegado al nivel de inteligencia humana o que la robótica aún no haya podido desarrollar mecanismos lo suficientemente inteligentes. Las máquinas si pudieran, deberían disfrutarlo, al menos aún no tienen dolores de cabeza, depresiones ni la multitud de tristes sentimientos de los que somos capaces los “Homo Seriatim”, esas máquinas biológicas que funcionamos gracias a un ordenador darwiniano y que seremos sus futuros predecesores.



